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La
mortalidad infantil en menores de un año en las
comunidades donde actúa la Pastoral del Niño
es 60% menor que el promedio nacional, que comprende
niños ricos y pobres. Este resultado es aún
más significativo cuando recordamos que la Pastoral
tiene su acción concentrada en bolsones de pobreza
y miseria, donde este índice tiene por costumbre
llegar al doble del promedio nacional.
Datos
como estos demuestran de manera sistemática y
organizada, desarrollando la solidaridad humana, las
comunidades son capaces de convertirse en agentes de
su propia transformación. Es de esta forma que
se consigue reducir la desnutrición y la mortalidad
materno-infantil y educar a las familias, especialmente
a la mujer, que se educa como agente de transformación
social. Valores culturales, humanos y cristianos en
el círculo familiar y comunitario, tales como
la solidaridad, la fraternidad y el respeto por el prójimo.
Otros
resultados que merecen ser destacados son la reducción
de la violencia y de la marginalidad y el retorno de
las familias atendidas a los valores éticos,
que estimulan la preservación de lo que existe
de mejor en la vida comunitaria. Así podemos
afirmar con seguridad que actualmente el problema de
la violencia familiar, que afecta a miles de niños
por año en todo Brasil, es muy reducido en las
familias acompañadas por la Pastoral del Niño.
Es una manera eficaz de prevenir, en la familia, el
abandono de los niños, que van a la calle buscando
sobrevivir y huyendo del ambiente familiar hostil.
Si
todas las comunidades necesitadas tuviesen el acceso
a ese trabajo, no solamente se reducirían drásticamente
las enfermedades y las muertes, sino que también
se reduciría la violencia y la marginalidad.
Sin embargo, no podemos dejar de resaltar que la justa
distribución de renta y de la tierra, la educación,
la salud, la seguridad alimenticia, el saneamiento ambiental,
el acceso al empleo son condiciones fundamentales para
que haya justicia y paz en el País.
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