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Con
estos 18 años de experiencia, la Pastoral del
Niño demuestra que es posible reducir la mortalidad
infantil y la desnutrición, desarrollando todo
el potencial del niño, educando a la mujer, previniendo
la marginalidad en la familia y por consecuencia en
las comunidades y en las calles, promoviendo la fraternidad
cristiana a través de la formación de
una red de solidaridad humana, organizada en las comunidades
más pobres, continuamente perfeccionada.
A
través de su experiencia comunitaria y participativa
la Pastoral del Niño estimula a cada persona
a desarrollar su protagonismo e intervenir en la organización
de su comunidad, en la discusión sobre las políticas
que le afectan y principalmente rescata los lazos de
convivencia y partición. La formación
de esa base social sólida, se fundamenta con
el cuidado a los niños desde la gestación
y en el fortalecimiento de la trama social, en las áreas
de pobreza y miseria, permite la formación de
ciudadanos que valorizan al outro y lo incluyen en todos
los procesos de construcción y transformación
de la realidad.
Sin
embargo, es necesario tener presente que la solución
a los problemas que relegan a la condición de
indigentes millones de personas en el mundo y 13% de
la población brasileña, necesita de medidas
que deben ser tomadas de dos maneras: la primera, un
cambio en el orden económico mundial y en la
macroestructura del país, de forma tal que posibilite
una distribución más justa de la renta
y la igualdade de oportunidades. Por otro lado, se hace
imprescindible la solidaridad humana y la suma de esfuerzos
de todas las camadas sociales, comprometiendo a todos
para una nueva ética social, en la construcción
de una cultura que gire en torno al respeto y a la valoración
por la vida, que lleve a la Paz.
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